La muerte es la experiencia más intensa de la vida. Cuando aprendes a morir en vida, vives la muerte como un símbolo de renacimiento.

A lo largo de la vida nos encontramos en una constante interacción entre la muerte y el renacimiento. Ninguno de las dos tiene sentido sin el otro, vendrían a ser como dos hermanos inseparables que se encuentran en un baile de fuerzas que nos acompaña incondicionalmente en nuestro caminar.

Dentro de esta bipolaridad se encuentra la absoluta naturaleza del universo. Fuerzas inherentes al cosmos, la creación y la destrucción constante mientras en espiral avanza su evolución. Nosotros no somos distintos, no estamos separados de ello, formamos parte de este gran misterio y lo mismo ocurre en nuestro ser, en nuestra interacción con el ego y el fundamento dinámico del cual surgimos.

Cuando florecemos de la fuente estamos en completa unidad en el vientre de la madre, en el vientre del universo donde todo se encuentra conectado y rodeado por un océano de fuerzas inteligentes. Al nacer experimentamos nuestro primera fase de duelo, la separación de ella para que empiece un camino de conflicto y confusión en la creación de nuestro Ego, de nuestra individuación, necesario en los primeros años de vida para desenvolvernos en un mundo diseñado por nuestros progenitores. 

Sin embargo, a medida que avanzamos por el camino de nuestro yo individual reprimimos esta fuerza dinámica que hay en nosotros, nuestro verdadero origen hasta que llega un punto que no podemos seguir viviendo en esta incompleta versión de nuestro individuo. Entonces llega la llamada al retorno de la trascendencia, tal y como presenta el paradigma dialéctico-dinámico de Michael Washburn. El retorno a la trascendencia nos llama para reencontrarnos de nuevo en un renacer, donde ambas fuerzas se integran en una sola. 

La muerte y renacimiento se encuentran presentes en todos los ámbitos tanto a nivel colectivo como también en nuestro desarrollo individual. Culturalmente han estado presentes en la religión, espiritualidad, chamanismo, sociedad como también en el inconsciente arquetípico transcultural. El renacimiento emerge como una oportunidad de soltar el pasado y dar muerte a aquello que ya cumplió con su función, para posteriormente construir una nueva versión más completa y experimentada. 

Desde el ámbito transpersonal la muerte y el renacimiento son imprescindibles para la liberación del ser. Cuando integramos este baile de muerte y renacimiento como algo inherente a la vida, aprendemos a reinventarnos sin apegarnos a versiones que ya no se identifican más con nuestro ser.

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